En Santander, los bocartes no son solo un pescado: son una actitud ante la vida. Pequeñitos, brillantes y con más carácter que un madrileño buscando aparcamiento en agosto, los bocartes nadan por el Cantábrico como si supieran que su destino es glorioso… y rebozado.
Cuando llega a la lonja, el bocarte sabe que es su gran momento. Las miradas de los pescaderos, los comentarios de las abuelas expertas —“este está fresco, mírale el ojo”— y el inevitable debate: ¿bocarte o anchoa? Porque en Santander, llamar “anchoa” a un bocarte fresco es como llamar “lluvia” a un diluvio: técnicamente parecido, pero socialmente peligroso.
Y así son los bocartes de Santander: humildes y sabrosos.